Tras hablaros de lo beneficioso que es ponerles música a las plantas y árboles, de lo bueno que es hablarles (y que te hablen) seguro que estáis pensando en que ahora os hablaré de los beneficios de hacer el pino con una mano al lado del tiesto mientras sacas la lengua, o algo así. Pues naranjas de la china.

El hell-consejo de hoy es más llano y mundano. Bienvenidos a la fiesta del abono creativo, reciclado y (lo más importante) barato.
CAFÉ: Una forma de fomentar el crecimiento y la textura de la tierra de las plantas y árboles es aderezarlas con los posos del café. No es la cafeína la que se aprovecha, sino todos los productos residuales que constituyen un excelente abono a condición de que se distribuyan con discreción. Una o dos cucharadas por semana son suficientes. Hay que mezclar bien los grumos con la tierra, ya que puede pudrirse la superficie. La yerba mate (infusión típica argentina) también sirve. ¿Quien no ha trabajado alguna vez en un bar y se ha dedicado, al final de la jornada, a esparcir posos del café por el jardín de turno? … yo sí lo hacía. ¿Qué pasa?
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CÁSCARA DE HUEVO: La cáscara lavada y molida resulta ideal para todo tipo de plantas y árboles, así como también el agua donde cocinamos huevos para el riego es recomendable. Hay quien dice que hervir otros alimentos con el huevo es perjudicial, porque se liberan toxinas. Pues no sé que deciros, si esas toxinas hacen que se abone mejor: bienvenidas sean.

RESACA: (No como consecuencia de una borrachera). Es un material que se encuentra a la orilla de los ríos como producto del arrastre de la materia orgánica que produce la corriente de agua. Si la compramos conviene leer en el envase que la contiene cuál es su lugar de procedencia; esto nos ayudará a distinguir el material que proviene de zonas contaminadas y puede, eventualmente provocar enfermedades a las plantas.

No encontré ninguna de la “otra” resaca. xD
HUMUS DE LOMBRIZ: Es producido por la Lombriz roja de California que consume materia orgánica con voracidad y la degrada rápidamente. El resultado es un abono de consistencia similar a la tierra negra, muy oscuro y rico en todos los nutrientes. Resulta ideal para las plantas de interior como las de exterior.
ESTIERCOL: El estiércol se obtiene de las caballerizas o establos y resulta altamente beneficioso. Debe aplicarse en estado completo de descomposición. Su olor y consistencia son similares a los de la tierra negra. El guano, como excrementos de aves y murciélagos, también es muy útil.

HARINA DE SANGRE: Otro abono de origen animal y deriva de la depuración de sangre de vaca. Esta indicado para plantas florales y de interior porque favorece el crecimiento, combate el raquitismo y aumenta las defensas contra enfermedades. Para aplicarlo basta con espolvorear los tiestos con el producto regando después en abundancia, de manera de acelerar la integración del abono al suelo.

CENIZAS: Las cenizas de madera son un buen abono orgánico de liberación rápida, estéril y muy ricas en potasio. Son muy útiles en el momento de la floración. Pueden verterse sobre la superficie en cantidades de una palada por metro cuadrado, removiendo luego la tierra. Hay que evitar las acumulaciones que modificarían demasiado la estructura del suelo. Las cenizas de carbón también sirven, incluso las humanas. NOTA: no valen las cenizas del tabaco (¡pardiez!) ni tampoco vale esnifarse las cenizas de tu difunto padre, como hizo el guitarrista de los Rolling Stones.

Hablando de cenizas. Aquí tenéis el tercer clasificado en el certamen de relatos Tierra de Leyendas V, de Sedice.com
Cenizas. De Cristóbal Hernández García
Lo primero que el joven soldado Kousaki Takamura vio al bajar del camión fue un cerezo. Pero ni siquiera los cerezos se habían librado de aquel infierno. Carbonizado por el fuego nuclear, el cerezo se erguía como un macabro cadáver, como un siniestro ataúd de la belleza que un día había contenido.
Kousaki Takamura no había sido el último soldado en bajar del camión, pues sabía que tenía que enfrentarse a aquella pesadilla y que no servía de nada evitarla, pero aún así le había costado hacerlo. Durante todo el viaje no había levantado la cabeza ni un solo instante. A su alrededor había oído las reacciones de sus compañeros ante aquella tragedia, había oído como Shimitori lloraba y como Ao vomitaba. Pero ahora Kousaki se enfrentaba por primera vez a aquel infierno.
A su alrededor desaparecieron todos sus compañeros. Estaba sólo. Sólo como nunca lo había estado. Kousaki no sintió miedo ni tristeza, ni ira ni desesperación. Era incapaz de pensar. Frente a él no se alzaba lo que un día había sido el distrito de Obanawa. Frente a él se alzaba un desierto de muerte y desolación. Todos los edificios habían sido destruidos por la terrible bomba, no quedaban de ellos más que gigantescos montones de escombros y macabras estructuras semiderruidas. Los pocos árboles que se mantenían en pie, siniestros y muertos, parecían una macabra burla a la vida. Y no había color alguno. Todo era gris. Todo estaba cubierto por un grueso manto de cenizas.
Sin darse cuenta Kousaki dio varios pasos. Oía sonidos tras él, pero no los reconocía como las órdenes de sus superiores. Como soldado tenía la misión de explorar aquella zona, evaluar los daños y ayudar a los supervivientes, pero lo había olvidado todo. Permanecía absorto contemplando aquel terrible paraje. ¿Cómo había sido posible aquello? ¿Cómo podía existir un arma en la tierra capaz de semejante monstruosidad? ¿Cómo lo habían permitido los dioses? Y… aún en tiempos de guerra, que loco habría ordenado lanzar semejante arma contra una ciudad inocente.
Kousaki sintió un golpe en la espalda. Se volvió y se encontró frente al sargento Toma. Su superior le gritó una orden que no oyó y le indicó un callejón a su derecha. Se dirigió hacia allí. Cada paso era más difícil que el anterior, Kousaki no podía soportar seguir viendo aquel paisaje. Finalmente llegó al pequeño callejón y se adentró en él. El tiempo se le hizo eterno. Verdaderamente ni siquiera sabía si había avanzado. No había forma alguna de orientarse, a su alrededor todo era muerte.
El joven soldado se detuvo de repente. Entre aquella desolación grisácea distinguió algo distinto: un extraño bulto carmesí. No quería comprobarlo, pero alguna extraña fuerza le arrastraba a caminar hacia aquel bulto. No fue capaz de reconocer lo que encontró. Frente a él se encontraba una pequeña masa informe de sangre y carne. ¿Un gato? ¿Un perro? No podía decir ante que se encontraba. No importaba. Pero aquella criatura no estaba muerta, él había visto la muerte muchas veces en el campo de batalla, y la muerte no era tan cruel.
Kousaki siguió caminando. Trataba de olvidar lo que había visto. Lo hizo, aquella criatura muerte no era nada, un temor desconocido se había apoderado de él. Quiso cerrar los ojos y no volver a abrirlos nunca. Quiso escapar de aquel infierno devastado y borrarlo de su mente. Pero siguió caminando. Y sus temores tomaron forma. Un escalofrío recorrió la espalda del joven soldado cuando distinguió otra extraña masa rojiza –mucho más grande que la anterior- a una veintena de metros de él. Sus pasos le guiaron hacia ella contra su voluntad. Estaba parcialmente sepultada por una viga, y su cuerpo tan destrozado como el anterior, pero esta vez era claramente distinguible. Toda la piel –y gran parte de la carne- habían desaparecido y el cabello y los ojos se habían fundido con la carne. Esta vez Kousaki no pudo evitar desviar la mirada. Encontró una pequeña muñeca de trapo que había sobrevivido milagrosamente entre los escombros. Era una niña.
Aquel cuerpo, aquella masa de carne derretida y fundida sobre ella misma había sido una niña. Apenas unas horas antes aquel rostro de pesadilla había sido la cara de una niña inocente. Vomitó. A su mente vino la imagen de Mayu, su pequeña niña de cuatro años se encontraba a salvo en una pequeña aldea cerca de Okinawa, pero Kousaki no podía evitar pensar que aquella masa informe de sangre y carne podía haber sido su hija, que era la hija de alguien. Volvió a vomitar y huyó corriendo de aquel lugar.
Kousaki corrió. Tropezó y cayó al suelo, y se vio cubierto por aquellas horribles cenizas de muerte que lo cubrían todo, pero se levantó y continuó corriendo. No quería mirar atrás. No quería ver nada más. Quería abandonar aquel lugar. Quería… no sabía lo que quería. No podía pensar. Todo aquello era una locura.
Se detuvo cuando oyó un lamento.
-No –pidió -, por favor, eso no.
Kousaki giró la cabeza y miró hacia su izquierda. No fue capaz de reaccionar ante lo que vio. Supo que esa imagen le perseguiría en sus pesadillas durante el resto de su vida. A varios pasos de él, recostado sobre una pared se encontraba un hombre. Y estaba vivo.
El hombre se encontraba vivo, al menos gemía y respiraba. Pero aquello ante lo que Kousaki se encontraba no era un hombre, no era un ser vivo. Era una abominación. Conservaba la mayor parte de la piel, en algunas zonas de su cuerpo desnudo podía verse la carne pero el resto estaba cubierto por una piel antinaturalmente blanca y rígida. El pelo había desaparecido por completo de su rostro, y este estaba cubierto por numerosas llagas y quemaduras. Sus ojos habían perdido el iris, eran simplemente dos esferas blancas y ciegas. El hombre abría la boca, había perdido los dientes y la lengua, y sólo podía escupir sangre e ininteligibles ruidos.
Kousaki cerró los ojos y lloró, de alguna manera sabía lo que aquel hombre estaba pidiendo. Desenfundó su pistola y apuntó hacia los balbuceos incomprensibles. No miró. No quería ver lo que iba a hacer. Llorando, Kousaki rezó una silenciosa plegaria por el alma de aquel hombre. Los balbuceos del hombre se repitieron y el joven soldado apretó el gatillo de su arma. Nunca el ruido de su arma le pareció tan terrible.
Kousaki no abrió los ojos. Sabía que había liberado a aquel hombre de un terrible sufrimiento, sabía que aquel ser estaba condenado a morir y que él le había librado de una agonía insufrible. Pero no quería mirar. Nada le servía de consuelo. Había matado a aquel hombre.
Abrió los ojos horrorizados cuando el hombre volvió a gemir. Ahora había un agujero en su pecho y de él salía algo parecido a sangre, pero seguía vivo. Kousaki se quedó petrificado.
-¿Por qué? –Se preguntó mientras lloraba -¿Por qué?
El engendro volvió a gemir suplicando que alguien acabara con su sufrimiento. Esta vez Kousaki no cerró los ojos. Levantó su arma y apuntó a la cabeza de aquel pobre hombre.
-Es una locura.
Y volvió a disparar.
PD: yo utilizo tierra espacial para bonsáis, que ya viene mezclada con arena de río y minerales.


5 comments
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Junio 2, 2007 en 1:08 pm
mavipas
Sólo un apunte: Con la bomba de Hiroshima murieron 78 000 personas y con la de Nagasaki 60 000. Mención aparte de mutilados y trastornos genéticos herditarios, así como secuelas psicológicas.
Es brutal pero sólo es una pequeña parte de los 10 000 000 de muertos (militares y civiles) que ocasionó en conjunto la Segunda Guerra mundial.
Un cuento “precioso”.
Mucho abonar tu bonsai, pero no riegas nunca la planta de tu abuela!!! ^^
Junio 3, 2007 en 9:44 am
Deed
“yo utilizo tierra espacial para bonsáis”
ostis, que guapo y que futurista O_O
curioso lo de los abonos, no había oido yo lo de la sangre de vaca O_o
(y la foto de la resaca es genial XD)
Junio 4, 2007 en 10:32 am
revototal
El guitarrista de los rolling se esnifó a su padre???!!!ah espera…que si te lees la noticia dice que era broma, que en realidad ha plantado un árbol con sus cenizas…no me creo nada!!!menudo colgao!!!la foto de la resaca wenísima!!!!!x cierto, todavía tienes algún bonsai vivo??porque con todo lo que estudias para cuidarlos…más te vale!!
Por cierto, siento ser “laísta” como buena madrizleña, pero céntrate en vigilar las “b” y las “v” q es bastante más fuerte…y no cuela eso de que esas 2 letras están juntas en el teclado del ordenador!!!
Junio 5, 2007 en 8:59 am
basterrak
Yo tb me quedé O_O con lo de la sangre. En vez de abono parecen las pelotas del cocido.
Dentro de poco, por cierto, colgaré fotos de mi Wisteria, ñiñi
Julio 31, 2007 en 7:06 am
Abóname (+ vacaciones) « HELL-BONSAI
[...] Es muy importante el abonado de los bonsáis puesto que éstos se desarrollan en tiestos muy pequeños que no tienen los nutrientes necesarios para su desarrollo, como sí ocurre en jardines y suelos abiertos. [...]