Primero fue el afocalipsis. Después el apigsalypsis. Ahora ha llegado el vacalipsis…
(el caso es echarle la culpa a otros animales del fin del mundo)
Hemos sido ingenuos, lo somos y lo seresmo. Cada vez que compramos leche, regamos con amor nuestros campos de fútbol ó adornamos un jardín (o un bonsái) con algo de césped estamos colaborando con la aniquilación de la raza humana o, por lo menos, su posición jerárquica dominante.
Según RTVE si no fuera por el desarrollo del Homo Sapiens se hubiera consolidado “la era de los rumiantes” y viviríamos (o ya no) en “el Planeta de las Vacas” (como la peli). Gracias a la reciente descodificación de su código genético sabemos hoy que estaban dominando el planeta cuando “nosotros” aparecimos y que sus cuescos (metano: un gas invernadero) lo dañan terriblemente.

Que las vacas contaminan con sus efluvios sí lo sabíamos, lo que me pilló desprevenido es lo que me he atrevido a llamar La Maldad Oculta de la Hierba. A continuación reproduzo un pequeño extracto del artículo de Pepe Cervera ya que sus mismas palabras y, como en mi caso, ponerle de fondo la voz inquietante de Cuarto Milenio (o similar) ayudará al lector a hacerse una idea de la magnitud del problema y lo inquietante que es:
Las hierbas son básicamente sólo hojas, la parte que los vertebrados tenemos más difícil de digerir debido a su composición. Además, estas hojas crecen continuamente, de manera que si la planta es cortada por un depredador (herbívoro), vuelve a crecer. Y lo más sofisticado es que estas hojas están repletas de pequeñísimos granos de sílice llamados fitolitos, con la consecuencia de que los animales dedicados a comer hierba desgastan sus dientes a una velocidad prodigiosa. Y muchos animales quisieron desde el principio comer hierba, porque pronto este grupo vegetal se convirtió en uno de los más exitosos de las plantas terrestres, cubriendo continentes enteros. Su éxito evolutivo, y su abundancia, prometía un nicho ecológico espléndido al grupo animal que se especializara en comer específicamente hierbas.
Para ello, el animal candidato debía superar dos obstáculos. En primer lugar, un verdadero ‘hierbívoro’ debía tener un estómago capaz de digerir la celulosa de las hojas de hierba; un problema serio, porque los vertebrados carecemos de las enzimas necesarias. En segundo lugar, debía poseer unos dientes capaces de sobrevivir a la abrasión de comer durante años lo que en esencia es polvo de esmeril.
Siempre me ha maravillado como los científicos, con unas pocas sustancias, logran sacar conclusiones como estas: se desarrolló un periódo de hegemonía de los antepasados de los caballos hasta que aparecieron los rumiantes (antepasados de rinocerontes, tapíres y, como no, vacas) que diezmaron las poblaciones de caballos a base de “picársela” a ver quién comía más hierba sin vomitar (cuan adolescentes del s.XXI).

- De no haber aparecido el hombre, la Tierra podría ser el planeta de las Vacas
- Ganaron la batalla a los caballos al adaptarse mejor a comer hierba
- Desarrollaron un aparato digestivo más eficaz para digerir la celulosa
- Para ello convirtieron sus aparatos digestivos en cámaras de fermentación
- Verdaderas fábricas de metano, un gas invernadero 20 veces más potente que el CO2.
Una de las razones por las que me pasé a Mac es porque el fondeo del XP me daba tirria. Ahora sé porqué: por la hierba… ¡lo sabía! Ahora cada vez que vayáis al campo con vuestr@ churri o cuando os tiréis al césped de vuestro campus en un soleado día de primavera pensar en ello…


1 comment
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Mayo 23, 2009 a 10:04 am
potnia
Nooooo, es el apocalipsis por los pedos!!!!!!!!!